Manuel Delgado Ruíz

Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona. Doctor en antropología por la misma universidad. Estudios de tercer ciclo en la Section de Sciences Réligieuses de l'École Pratique des Hautes Études, Sorbona de París. Desde 1984, profesor titular de Antropología Religiosa en el Departamento de Antropología Social de la Universidad de Barcelona y coordinador del Programa de Doctorado Antropología del Espacio y del Territorio, así como de su Grupo de Investigación sobre Espacios Públicos.

Ha sido profesor visitante o invitado en varias universidades extrangeras: Santa Sofía de Tokio, L'Aquila, La Sapienza de Roma, Lovaina, Bogotá, Medellín, Universidad del Valle en Calí, Guadalajara (México), Autónoma Metropolitana de México, UNAM de Tutxla Gutiérrez (Chiapas, México), Mayor de San Andrés (La Paz), Lisboa, Helwan (El Cairo), Harvard, así como en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México, en México DF.

Es director de las colecciones «Biblioteca del Ciudadano» en Editorial Bellaterra y «Breus clàssics de l'antropologia», en la Editorial Icaria. Es miembro del consejo de dirección de la revista Quaderns de l´ICA. Actualmente forma parte de la junta directiva del Institut Català d'Antropologia. Es ponente en la Comisión de Estudio sobre la inmigración en el Parlament de Catalunya.

Ha trabajado especialmente sobre la construcción de las identidades colectivas en contextos urbanos, tema en torno al cual ha publicado artículos en revistas nacionales y extranjeras. Además es editor de las compilaciones Antropologia social (Barcelona, 1994), Ciutat i immigració (Barcelona, 1997), Carrer, festa i revolta (Barcelona, 2003), Cultura e inmigración (Barcelona, 2003), así como autor de los libros De la muerte de un dios (Barcelona, 1986), Diversitat i integració (Barcelona, 1998), Ciudad líquida, ciudad interrumpida (Medellín, 1999), El animal público (Premio Anagrama de Ensayo, Barcelona, 1999), Luces iconoclastas (Barcelona, 2001) y Disoluciones urbanas (Medellín, 2002).

 

La labor del arquitecto urbanista es la de organizar la quimera política de una ciudad orgánica y tranquila, estabilizada o, en cualquier caso, sometida a cambios amables y pertinentes, protegida de la obcecación de sus habitantes por hacer de ella un escenario para el conflicto, a salvo de los desasosiegos que suscita lo real. Su apuesta es a favor de la polis a la que sirve y en contra de la urbs, a la que teme. Para ello se vale de un repertorio formal hecho de rectas, curvas, centros, radios, diagonales, cuadrículas, pero en el que suele faltar lo imprevisible y lo azaroso. En su vocación demiúrgica, buen número de arquitectos y diseñadores urbanos se piensan a sí mismos como ejecutores de una misión semidivina de imponerle órdenes preestablecidos a la naturaleza, en función de una idea de progreso que considera el crecimiento por definición ilimitado y entiende el usufructo del espacio como inagotable. Asusta ante todo que algo escape a una voluntad insaciable de control, consecuencia a su vez de la conceptualización de la ciudad como territorio taxonomizable a partir de categorías diáfanas y rígidas a la vez zonas, vías, cuadrículas y a través de esquemas lineales y claros. Espanta ante todo lo múltiple, la tendencia de lo diferente a multiplicarse sin freno, la proliferación de potencias sociales percibidas como oscuras. Y, por supuesto, se niega en redondo que la uniformidad de las producciones arquitectónicas no oculte una brutal separación funcional de la que las claves suelen tener que ver con todo tipo de asimetrías que afectan a ciertas clases, géneros, edades o etnias.

En los espacios urbanos arquitecturizados edificios o plazas parece como si no se previera la sociabilidad, como si la simplicidad del esquema producido sobre el papel o en maqueta no estuviera calculada nunca para soportar el peso de las vidas en relación que van a desplegar ahí sus iniciativas. En el espacio diseñado no hay presencias, lo que implica que por no haber, tampoco uno encuentra ausencias. En cambio, el espacio urbano real no el concebido conoce la heterogeneidad innumerable de las acciones y de los actores. Es el proscenio sobre el que se negocia, se discute, se proclama, se oculta, se innova, se sorprende o se fracasa. Escenario sobre la que uno se pierde y da con el camino, en que espera, piensa, encuentra su refugio o su perdición, lucha, muere y renace infinitas veces. Ahí no hay más remedio que aceptar someterse a las miradas y a las iniciativas imprevistas de los otros. Ahí se mantiene una interacción siempre superficial, pero que en cualquier momento puede conocer desarrollos inéditos. Espacio también en que los individuos y los grupos definen y estructuran sus relaciones con el poder, para someterse a él, pero también para insubordinarse o para ignorarlo mediante todo tipo de configuraciones autoorganizadas.

Es posible leer, es cierto, una ciudad, al menos en cuanto estructura morfológica. Pero, ¿podríamos decir lo mismo de esas sociedades que despliegan su actividad casi estocástica en sus aceras o plazas? Lo que se da a leer es siempre un territorio que se supone sometido a un código. Es más, los territorios en que una ciudad puede ser dividida han sido generados y ordenados justamente para posibilitar su lectura, que es casi lo mismo que decir su control. El espacio urbano, en cambio, no puede ser leído, puesto que no es un discurso sino una pura potencialidad, posibilidad abierta de juntar, que existe sólo y en tanto alguien lo organice a partir de sus prácticas, que se genera como resultado de acciones específicas y que puede ser reconocido sólo en el momento en que registra las articulaciones sociales que lo posibilitan. Es, como la naturaleza en Marx, como el sentido en semiótica, un mito o más bien un horizonte que nos huye, tan sólo la materia prima inconcebible sobre la que operan las potencias de lo social. Afirmar cualquier cosa del espacio urbano en términos de linealidad es reconocer en él las marcas y los rasgos de un lenguaje, de un sistema de referencias que ha disuelto su espacialidad para conformar un territorio. En cambio, lo que ese espacio dice no puede reducirse a unidad discursiva alguna, por la versatilitad innumerable de los acontecimientos que lo recorren, por su estructura hojaldrada, por la mezcla que constantemente allí se registra entre continuidad y ambigüedad. Lugar que se hace y se deshace, nicho de y para una sociabilidad holística, hecha de ocasiones, secuencias, situaciones, encuentros y de un intercambio generalizado e intenso.

Frente a la definición del espacio público como texto unitario se reproducen las evidencias de una apropiación ora microbiana, ora tumultuosa de ese mismo espacio por parte de sus practicantes, su condición de escenario para el incansable trabajo de la sociedad sobre sí misma. Si el espacio público politizado en el sentido de sometido a la polis vive bajo la obcecación por hacer de él lo que ni es ni nunca ha sido ni seguramente será una superficie nítida, pacificada, sumisa, el espacio público socializado asume una naturaleza permanentemente intranquila, escenario activo que es para lo inesperado, proscenio en que la excepción es casi norma y marco para una sociedad autogestionada que se pasa el tiempo tejiendo y destejiendo tanto sus acuerdos como sus luchas.